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30 ENE 1902 - ARRIBAN DESDE ITALIA LOS AERONAUTAS CAPITÁN JOSÉ SILIMBANI Y SU ESPOSA ANTONIETTA CIMOLINI


 

 

Arriban desde Italia los aeronautas Capitán José Silimbani (1873-1908) y su esposa Antonietta Cimolini (1873-1904), quienes realizan audaces ascensiones aerostáticas de tipo circense y acrobáticas en ciudades del interior del país y posteriormente en Buenos Aires, constituyéndose en los únicos y últimos aeronautas extranjeros que actuaron al inicio del siglo XX, preanunciando la creación de la Aeronáutica Argentina el 25 de diciembre de 1907. La Sala del MNA dedicada a las mujeres pioneras en nuestra aeronáutica, recuerda el paso de Antonietta Cimolini por nuestro país.

 

NOTA:

Antonieta Cimolini era profesora normal y, como su esposo, el capitán del Real Cuerpo de Aerostatos de Italia, José Silimbani, había nacido en Forli, Emilia-Romagna. Enseñaba gimnasia y poseía notables condiciones de cantante lírica. Pero no sólo los unía la cotidiana actividad docente y la común afición operística, sino que los animaba una misma y absorbente pasión por la navegación aérea, entonces pródiga en vicisitudes y riesgos. Ambos habían realizado exhibiciones de corto alcance y duración.

Corría el año 1904 cuando la joven, de 21 años, decidió dar una inequívoca prueba de su propia competencia elevándose sola en un globo Montgolfier y sobrevolando la ciudad de Buenos Aires. Los diarios porteños convocaron al público para que concurriera el 13 de marzo, a las cuatro de la tarde, al célebre Frontón Buenos Aires, ubicado en la calle Córdoba a la altura del 1100, donde tendría lugar el lanzamiento, con el fin de participar de un espectáculo inolvidable. Similares términos expresaban los carteles de impactante caligrafía que cubrían las paredes del local. Al parecer, había decidido poner término a sus riesgosas incursiones "con un final a toda orquesta", pues los murales invitaban "a la última ascensión de la señora Antonieta C. de Silimbani", expresión que no tardó en ser considerada como una suerte de premonición.

Numerosas personas se congregaron a partir del mediodía en el recinto que había escuchado las entusiastas arengas de ciudadanos eminentes en los días precursores de la revolución de julio de 1890, para seguir los pasos previos al lanzamiento del globo "a aire caliente". A las 11.30 se encendió una gran hornalla y comenzó la difícil tarea de inflar el Montgolfier, cuya envoltura era de seda, con husos de color verde y rojo alternados. Se trataba de uno de los aparatos más grandes que había visto Buenos Aires, poseía paracaídas del tipo ecuatorial y la barquilla o pasarela había sido sustituida por un trapecio, según Antonio Biedma con el propósito de alivianar el conjunto y realzar la fiesta. No contaba con red.

Cuando estuvo todo listo y el público, que colmaba las instalaciones, manifestaba un desbordante entusiasmo, se notó que la brisa reinante rolaba paulatinamente desde el este hacia el sur. A partir de ese momento, el intento de subir a los cielos implicaba un gran riesgo, sobre todo si se tenía en cuenta que el 11 y el 12 se habían registrado intensos temporales. Los Silimbani pensaron en aguardar un cambio en la dirección del viento e incluso en suspender la ascensión. Pero advertidos de ello, los espectadores comenzaron a impacientarse y a mofarse de Antonieta y de su esposo. Silimbani quiso cancelar el compromiso, a lo que se opuso la aeronauta. Por fin, el capitán accedió a llevar adelante lo acordado con la condición de que se le permitiese guiar el derrotero del globo. Pensaba conjurar el peligro alzando al Montgolfier sobre la línea de edificación, para aterrizar enseguida.

Ascenso y caída

Mientras tanto, su esposa continuaba con su tarea de reparar pequeñas desgarraduras de la tela, manteniéndose tranquila y en silencio. Vestía, según La Prensa, un traje azul marino, "con pollera corta, botines negros sin tacos, medias negras y un cinturón, traje parecido al que usan los artistas del circo". Concluido el trabajo, alzó en brazos a su hijita de cinco años, a quien besó repetidas veces, y se colocó el cinturón salvavidas que había mandado a buscar. Unos instantes más tarde, el enorme globo, "saltando al espacio con la violencia de un pistoletazo, ascendió en medio de los aplausos y vivas del versátil público, que instantes antes había obligado con sus quejas e improperios a realizar, pese a todo, el lanzamiento. Antonieta iba prendida del trapecio, quizá previendo el sacrificio.

Muchos advirtieron las distintas fases del drama. Los pescadores, las lavanderas, algunos estudiantes que disfrutaban de la tradicional "rabona", marineros que cumplían servicios en el Muelle de los Franceses, guardagujas y señaleros del ferrocarril Buenos Aires-Rosario contemplaron como la joven se precipitaba en las turbias aguas, desapareciendo de la superficie sin que se lograra volver a distinguirla por la distancia y el oleaje. Eran las 18.10 y el sol brillaba intenso sobre la urbe y el río.

El globo se mantenía a flote, impulsado por la dirección del viento, hasta que fue recogido por un bote de pescadores que, con otros, había salido a su encuentro. Según señaló unos días después Caras y Caretas , las críticas a la policía marítima fueron muchas por no contar con elementos para el rescate.

Sin embargo, el cuerpo de Antonieta no aparecía y entonces, no pocos de los que habían clamado por la partida del aerostato intentaron calmar sus conciencias inventando descabellados desenlaces: la muchacha había sido secuestrada por maleantes para pedir rescate, decían unos, y respondían otros que había sido asesinada para robar sus pertenencias al caer al agua. Los matutinos del día siguiente se hicieron eco de las versiones que circulaban en aquella ciudad que acababa de contemplar el triunfo de Alfredo Palacios como candidato a diputado por la Boca, y la partida de una importante comitiva rumbo a Mendoza para inaugurar la estatua del Cristo Redentor.

Pero ese mismo 14, a las ocho de la mañana, uno de los marineros de la Prefectura abocados a la búsqueda, avistó un cadáver a 450 metros de la costa, entre el Muelle de los Franceses y los filtros de agua corriente, muy próximo al punto donde cayó el globo. Hubo que echar un bote al agua, pues el vaporcito de la repartición no pudo acercarse a raíz de su mucho calado, y rescatar el cuerpo que, como se supo enseguida, era el de Antonieta. Su esposo, agobiado, no había podido participar del reconocimiento que hicieron otros parientes.

Las crónicas indicaban que tenía "a ambos lados del cuerpo, sujetos al cinturón, dos ganchos de hierro que servían para suspenderla del trapecio que pendía debajo del aerostato, en vez de barquillla". El reconocimiento médico determinó que "la arriesgada aeronauta" presentaba una contusión en la frente, fruto del violento choque contra el fondo del río, que debió desvanecerla e impedirle utilizar el chaleco salvavidas hallado próximo a su cuerpo. Para aventar toda otra conjetura, el médico de la Prefectura determinó que la muerte se había producido por asfixia de inmersión.

Recordemos que el lugar en que cayó Antonieta Cimolini de Silimbani está cubierto ahora por la avenida costanera norte, pues ese sector fue ganado al río, y digamos que al propagarse la noticia de su fatal vuelo, la prensa subrayó su valentía frente a una muerte segura, mientras crecía una amarga y prolongada sensación de tristeza entre quienes habían presenciado aquella tragedia.

 

Extraído de : https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-primera-martir-del-aire-nid849282/

 

FUENTE: DEPARTAMENTO INVESTIGACIONES HISTÓRICAS MNA.

 

 

 

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